Textos #SemArq15 - "Habitar un jameo: La morada subterránea de César Manrique", por Rodrigo Almonacid

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Compartimos el texto que nos ha hecho llegar nuestro compañero Rodrigo Almonacid desde Valladolid. Profesor, investigador y redactor-colaborador en diversos blogs de arquitectura, nos habla de sus sensaciones en la visita a la casa de César Manrique en el Taro de Tahíche. Disfrútenlo.


Habitar un jameo: La morada subterránea de César Manrique


(Interior de una de las salas subterráneas de la casa de César Manrique)

Recuerdo mi única visita a la casa-estudio de César Manrique como si fuera ahora, y ya hace casi tres lustros de aquel día. Seguramente mis recuerdos son tan vívidos por la manera en que pude sentir el espacio de forma tan directa, tan vital, incluso diría yo hasta carnal.

Es esta una obra de arquitectura sin arquitectura. Un espacio “trouvé”, raptado y surreal, es decir, superreal (con todo lo que eso significa). Es una casa sin planos dibujados, construida sin aportar materiales, habitada sin definir hábitos. Es una pura idea de arquitectura. Y pese a lo insólito de la propuesta, en realidad, el artista de Lanzarote se limitó a hacer fácil lo difícil: dejar hablar a la Naturaleza.

Su casa es un collar de cinco perlas huecas, cinco burbujas subterráneas que aleatoriamente dejó tras de sí la colada volcánica en Taro de Tahíche. Él simplemente se dedicó a admirarlas y escucharlas, a soñar una vida para su interior, a recrear un paraíso único. Pequeñas galerías y escaleras fueron excavadas en el basalto para conectar espacios sin usos estipulados. La rotura del techo pétreo sobre algunos de los jameos abrió inesperados óculos de luz y aire, haciendo posible la arquitectura.

Una impermeable pintura inmaculada actúa como reflector de esa luz cenital, iluminando mágicamente cada gruta desde el suelo. Se pinta y pule la roca volcánica hasta donde conviene, pero solo para acomodar el apoyo de los pies o para el asiento. El resto es el dominio de la luz negra, del tacto áspero y cortante de la lava inerte que delimita la oquedad. Uno ocupa entonces el espacio nada más que por intuición, y el sentido háptico prevalece sobre cualquier otro. Solo pasado un tiempo prudente alcanza uno a orientarse, a aprehender las proporciones del espacio, y aún más tarde, a racionalizar e interiorizar la experiencia física vivida.

El jardín subterráneo es otra ensoñación. Pese a lo inhóspito del terreno volcánico, las especies vegetales encuentran siempre resquicios para crecer, brotando por grietas que en otra casa serían la ruina pero que aquí son maravillas. Hojas y ramas buscan en seguida la verticalidad, y las raíces apuran la escasa humedad retenida, como ocurre en los viñedos de La Geria. Pero no hay un diseño de jardín como tal, es la Naturaleza la que reclama su respeto, y a la que tantas veces Manrique se entregó con pasión y devoción.

Al fin, el visitante quedará bautizado por inmersión y acaso transformado su espíritu, si se dejó llevar... solo al emerger a la superficie mundana retornará súbitamente la brusquedad del ruido y de la luz subtropical, y le hará despertar de este idílico sueño arquitectónico, en el que la lava, como en los cuentos de niños, se colaba por las ventanas.

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Rodrigo Almonacid C. © r-arquitectura
Doctor arquitecto por la ETSA.Valladolid, donde es profesor desde 2004. Fundador del estudio [r-arquitectura] en 2000,con oficina en Valladolid. Autor de numerosos textos de investigación sobre Arquitectura Moderna y Contemporánea, y redactor-colaborador habitual en blogs de arquitectura.

Créditos de la ilustración: fotografía tomada del libro:
RUIZ GORDILLO, Luis: César Manrique. Madrid: Fundación César Manrique, 1999 (5ª edición), p.49.

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